El
fracaso escolar y personal.
La
intención paradójica.
Juan Manuel Molina Valdés
Investigador Operativo y Estadístico
JAÉN
Sr. Director:
Ruego la
publicación de la presente en relación al fracaso escolar y personal
que incide en la enseñanza española a todos los niveles.
La
intención paradójica
Es frecuente
reducir la preparación al éxito profesional; y, continuar reduciendo
ese éxito a ganar mucho dinero. Los padres que orientan a los hijos
por esta senda denotan una visión utilitarista de la vida; suelen valorar
más las calificaciones que las actitudes; pretenden que sus hijos sean
siempre los primeros de la clase.
Éxito escolar,
progreso académico y reconocimiento social, son deseables por muchas
razones. Denotan el aprendizaje, favorecen la autoestima y predisponen
para otros aprendizajes ulteriores. Son garantía para la elección de
carrera y profesión.
El error
consiste en enfocar la educación de los hijos en función del éxito académico.
Cuando se cae en este error, la persona pasa a ser estudiante; y el
estudiante a máquina de obtener calificaciones brillantes. Así no se
desarrollan algunos aspectos esenciales de la mejora personal: aprender
a querer, a aceptar responsabilidades, a servir y hacer el bien a los
demás. Lo que se traduce en ser buenos hermanos, amigos, compañeros
y ciudadanos.
La obsesión
por el éxito, lleva apareada la intención paradójica: más se aleja de
alcanzar la felicidad.
Es así
ya que se oscurecen tres nobles ideales que dan sentido a la vida humana:
bondad, verdad y belleza.
Si por
el éxito se renuncia a la excelencia, se adapta el individuo en la mediocridad.
Los padres
no deben preparar a los hijos para cualquier tipo de vida, sino para
una vida feliz. Felicidad que no emana del ser y poseer, sino de la
rebeldía de buscar la verdad, la bondad y la belleza.
Para conseguir
este objetivo es necesario el ejemplo diario de unos padres que han
aprendido a ser felices. La obsesión por el éxito empobrece la formación
de los hijos; Séneca se refería ello cuando hablaba de “enseñar a vivir”,
sostenía que “aprendemos para la vida, no para la escuela”.
Preparar
para la vida debe ser la finalidad de la educación: aprender a vivir
en familia, en el mundo educativo y en la sociedad. Prepararse para
una vida completa.