El
secuestro de un libro.
La primera publicación del siglo XXI que pasa a formar parte
del listado de libros prohibidos.
El pasado 24 de abril de 2002 se ha presentado una demanda por TUTELA
DE DERECHOS FUNDAMENTALES (Acoso moral y discriminatorio) contra el
Organismo Autónomo de Museos y Centros del Excmo. Cabildo Insular de
Tenerife y su Presidenta Dª FIDENCIA IGLESIAS GONZALEZ y estoy pendiente
de juicio.
El caso es muy complejo.
De todas formas solicito la ayuda de todos Uds. en la divulgación del
artículo siguiente que trata sólo de una parte del acoso al que me he
visto sometido.
De
los foros de la Universidad de Sevilla. 13.06.2002
EL
SECUESTRO DE UN LIBRO LA PRIMERA PUBLICACIÓN DEL SIGLO XXI QUE PASA
A FORMAR PARTE DEL LISTADO DE LIBRO PROHIBIDOS.
En Noviembre de
2000 el Servicio de Publicaciones de Caja General de Ahorros de Canarias
(Publicación, 250, Historia 35) editaba el libro titulado "Ernesto Lecuona:
el genio y su música" de los autores José M. Castellano Gil y José Fernández
Fernández, prologado a la limón por Eusebio Leal, el historiador oficial
de La Habana y Jerónimo Saavedra, exministro de cultura de España.
Sin embargo han
transcurrido más de un año y medio y la entidad financiera, CajaCanarias,
no ha comunicado a sus autores la edición del mismo, ni siquiera han
abonado la cesión de los derechos de autor para la mencionada edición
que consistía en la entrega de cincuenta ejemplares para cada uno.
Y todo ello, a pesar
que los autores comunicaron por medio de fax y burofax al Director de
la Obra Social y Cultura de CajaCanarias el conocimiento de la existencia
del libro y solicitaba sus derechos correspondientes.
La Caja, sin embargo,
ha hecho oído sordo a tal petición. Pero no tan sólo eso, ya que ni
siquiera han cumplido con los deberes mínimo de su presentación, divulgación
y distribución del libro en cuestión.
El libro, que ha
sido editado con un esmerado cuidado y con un presupuesto nada desdeñable
que supera los seis millones de pesetas -un libro de coleccionista,
una edición numerada y limitada a mil ejemplares, cuyo número 0 está
dedicado al Maestro Ernesto Lecuona, y debía depositarse en la Biblioteca
Nacional José Martí (La Habana, Cuba) y con dos números 1, dedicados
a los máximos dignatarios de Cuba y España- duerme en los carcelarios
sótanos de una entidad financiera con una publicitada vocación social.
Un silencio éste
que atenta duramente contra los principios democráticos más elementales,
sólo roto por la existencia dos ejemplares: uno la Casa de la Cultura
de Santa Cruz de Tenerife y otro en la Biblioteca Nacional de España
por exigencias de Depósito Legal (TF. 1.792/2000) e ISBN (84-7985-107-4).
Parece ser que el
mencionado libro está maldito. Sin presentación, sin que sus autores
conozcan oficialmente su existencia por parte del editor, guardado "bajo
llave" e ignorándose que el costo de la edición de la obra es de orden
social y debe rendir frutos a favor de la cultura, es vergonzoso que
sucedan cosas así en el año 2002.
Pero, como todo,
este caso tiene explicaciones.
Todo redunda alrededor
del aldeano concepto del uso del poder ejercido por la sin razón, por
la presión sobre los medios y los intereses oscuros... La verdad es
que algunos tienen las manos muy largas.
Y ese poder, en
espacios limitados, es ejercido brutalmente por quienes se creen con
derecho a disponer de parcelas públicas en las que hacer su soberana
voluntad.
El hecho de haber
sido destituido uno de sus autores de la Dirección del Museo de Historia
de Tenerife, en un injustificado ejercicio de soberbia, se creó la necesidad
de articular una compleja campaña de descrédito laboral, profesional,
humana y personal y el impulso de detener cualquier iniciativa cultural
de este intelectual, a fin de "justificar" tal medida.
No es el caso de
que el poder deje que se siga trabajando a favor de la cultura sin su
bendición.
Y, claro está, como
CajaCanarias y Organismo Autónomo de Museos "están en la familia", pues
se hace perfectamente posible que se tiren a la basura los millones
que costó editar el libro, el trabajo de sus autores y el propio valor
cultural de un trabajo que debía ser, contradictoriamente, estimulado
por ambas entidades.
Pero como se trata
de feudos contra trabajo, el caso es que, a la larga, el libro de Lecuona
(como la obra del gran músico cubano) será conocido.
¿Serán recordados
entonces el patrocinio inquisidor de una consejera y un director general
de una entidad social que, en el fomento cultural, estaban obligados
a hacer precisamente todo lo contrario de lo que reflejan sus actos?
José M. Castellano
Gil
José Fernández Fernández