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El sentimiento de culpa y el miedo impiden que se denuncien los casos de acoso sexual.
Las víctimas habituales de los abusos en el trabajo son mujeres solteras, viudas o divorciadas por su vulnerabilidad. La acosada recurre a los compañeros como último recurso.
Diario Sur
19.05.2002
M. Martínez
Málaga





Insinuaciones, roces, palmadas... Si Elena hubiera sabido lo que le esperaba, se lo hubiera pensado dos veces antes de aceptar que su padre le ayudara a la hora de buscar empleo.

Elena había estudiado marketing. Apenas dos meses después de terminar el curso, su padre llegó a casa con un trabajo bajo el brazo. Uno de sus mejores amigos de toda la vida tenía en la costa una pequeña empresa de publicidad. Necesitaba cubrir una baja de maternidad.

Era el momento ideal para comenzar. Esta joven malagueña de 27 años no lo dudó. Pero la confianza se convirtió pronto en un arma de doble filo. «Empecé a acompañarle en las habituales salidas de comercio, me dijo que así aprendería...», recuerda.

«Estaba casado y tenía dos hijos con los que yo jugaba de pequeños, ¡cómo iba a imaginar que quisiera tener algo conmigo!», exclama indignada. «Durante varias semanas nos fue bastante bien de negocios y un día me propuso ir a cenar los dos solos para celebrarlo, fue cuando se me encendió la bombilla. No me gustó nada la idea y me negué», continúa.

A partir de entonces, Elena vivió lo que ella misma define como un «auténtico calvario». «En el trabajo, intentaba siempre estar lo más cerca posible de mí, me llamaba a su despacho constantemente; sus miradas, sus comentarios... me aterraba ir a dormir porque las pesadillas eran diarias», añade Elena con voz entrecortada, y prosigue: «Un día me acorraló en la oficina y me advirtió de que estaba allí por él».

Aguantó varias semanas, «¿qué le iba a decir a mi familia?». Para ella, era muy difícil contarlo en casa, ni siquiera lo comentó en el trabajo.


Situación insostenible



Cuando apenas llevaba tres meses en la empresa, la situación se volvió insostenible.

«Un día, mientras me acariciaba la cara, me preguntó si tenía algo contra él, me enrabieté tanto que le di una torta y me fui, no lo pensé, ya no podía más», sentencia Elena, que estuvo en tratamiento por depresión durante más de un año.

El empresario negó lo ocurrido. Reacción habitual.

«La capacidad de respuesta de una mujer es mínima ante la palabra de un jefe», aduce Carmen Martín, responsable técnica de la secretaría de la mujer de CC. OO.

Esto, unido al sentimiento de culpa y al temor a ser despedida retraen a la víctima de denunciar el acoso, una práctica más habitual de lo que parece.

Según un informe de CC. OO., el 18 por ciento de las trabajadoras los sufre. «Hasta se preguntan si lo han provocado ellas mismas», puntualiza Carmen. De hecho, sólo el tres por ciento de las agresiones llega a los tribunales. Y la mayoría suele acabar en una simple multa.

La víctima opta así por dimitir para evitar al agresor. Especialmente en los casos más graves en los que incluso se llega a la violación.

Para Lara Padilla, abogada de la Asociación de Asistencia a Mujeres Sexualmente Agredidas, «la tramitación sigue encontrando dificultades a la hora de probar los hechos; los compañeros suelen ser reacios a prestar su testimonio».

El «ya te dije que no tomaras café con él» se repite a menudo en casa.

Y la estrategia de la acosada también. Lo primero, ignorar al agresor y, lo último, contarlo a los compañeros. El estudio sindical revela que sólo dos de cada diez mujeres denunciaron la situación ante el jefe inmediato o buscaron apoyo de compañeros.

Laura, por ejemplo, tuvo suerte. Tras soportar varios meses las ofensas del director de la sucursal bancaria en la que trabajaba, sus amigos le ayudaron a salir del bache. La empujaron a denunciarlo. Y, gracias a eso, trasladaron a su jefe de oficina.

Laura era joven, separada y con un hijo. Sin duda, factores de riesgo. Porque el acoso se ceba especialmente con las mujeres solteras, viudas y divorciadas con cargas familiares. Más aún en el caso de mujeres de edad media, escasa formación y que desempeñan categorías profesionales bajas.

Y es que, en general, la supremacía del hombre es difícil de rebatir. La mujer sigue ‘atrapada’ en trabajos con bajos salarios y poco cualificados, mientras que los puestos directivos continúan siendo masculinos en su mayoría.


Cuestión de poder


Casos como el de Nevenka Fernández -la ex concejal de Hacienda de Ponferrada que denunció al alcalde por un presunto delito de acoso sexual- o el del juez de Talavera de la Reina -denunciado por un grupo de funcionarias- denotan que el acoso no entiende de profesiones.

Sólo es cuestión de poder. «Está claro que hay un abuso de autoridad mediante el que el hombre utiliza su posición para intimidar y coaccionar a la subordinada con la promesa de algún beneficio o un ascenso», indica la psicóloga Concepción Barea.

En menor medida, el acoso también puede darse dentro del mismo ‘escalón’ laboral. Esto lo vivió muy de cerca Juani. Trabajó codo con codo durante varios años con cinco hombres en el departamento de personal de una empresa de alimentación.

Nunca se le pasó por la cabeza que pudiera estar sufriendo acoso, pero sus groseros comentarios le llevaron incluso a plantearse abandonar el trabajo.

Parece exagerado, pero, en teoría, un simple chiste puede originar una denuncia por acoso. En teoría, porque en la práctica, a pocos se les ha ocurrido quejarse por una alusión ofensiva al cuerpo o porque en la oficina haya un calendario con mujeres desnudas.

Según la Organización Internacional del Trabajo, «el acoso comporta toda una serie de insinuaciones sexuales, verbales, físicas, repetidas y no deseadas, explícitamente despectivas contra la dignidad y discriminatorias en el lugar de trabajo».

El texto no hace distinción de sexos. Aunque en un porcentaje muy inferior, también hay víctimas masculinas. Un supermercado del interior de la provincia fue testigo de ello.

El responsable hacía desnudarse ante él cada noche a uno de sus empleados para «comprobar» que el joven no llevaba consigo dinero o algún producto. Pero el peligro puede estar también entre los clientes.

Toñi, empleada de una línea telefónica 906, fue chantajeada por un usuario que quiso beneficiarse de ella después de convencerla para hacerle unas fotos comprometidas y asegurarle un dinero extra.


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06.03.2003

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