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De Netania a Ramala
El
Pais 03.04.2002
Juan
Goytisolo
© Parlamento Internacional de Escritores.
Volver a los territorios ocupados de Palestina después de una larga
ausencia muestra con elocuencia la cruel reiteración de la historia.
En junio de 1988 recorrí Cisjordania y la Franja de Gaza con un equipo
de Televisión Española para filmar la primera Intifada y en 1995, como
enviado especial de EL PAÍS, en aquel desalentador intermedio de ni
guerra ni paz que siguió a los paticojos Acuerdos de Oslo: algunas zonas
habían sido evacuadas por el Ejército israelí, pero éste mantenía un
férreo control en torno a ellas y la desilusión de la población palestina
confirmaba mi apreciación pesimista del futuro de la región.
Siete años después, la situación es mucho peor que la de 1988. En la
primera Intifada había una sublevación popular y una represión durísima.
Desde el paseo de Sharon por la Explanada de las Mezquitas nos hallamos
ante una guerra, no entre dos Estados, sino entre un Estado dotado de
un ejército eficaz y ultramoderno y una nación fragmentada, sin fronteras,
escasamente armada y sometida a un cotidiano martirio de humillaciones
y castigos colectivos que originan a su vez un incesante goteo de 'mártires'
dispuestos a autoinmolarse en atentados mortíferos, no sólo contra el
poder militar del ocupante sino también contra inocentes civiles dentro
de las fronteras internacionalmente reconocidas del Estado judío.
El autobús que conduce a la delegación del Parlamento Internacional
de Escritores del aeropuerto de Te1 Aviv a Ramala deja a medio camino
la autovía que enlaza la capital con Jerusalén y tuerce a la izquierda
por una de las carreteras bien asfaltadas que comunican entre sí a los
asentamientos israelíes de los territorios ocupados en la guerra de
los Seis Días.
La que une Jerusalén a Ramala ha sido cortada al tráfico -centenares
de palestinos a pie, con residencia o trabajo en Jerusalén, aguardan
en silencio al control de sus documentos- y debemos dar una gran vuelta
por la telaraña de viales que se extiende alrededor de las ciudades
y poblaciones palestinas sitiadas.
Como advertí hace años, el paisaje de Cisjordania y la Franja de Gaza
ha sido descompuesto y fragmentado como un tejido hecho con trozos de
distintas telas.
Las alambradas rodean tanto los asentamientos de colonos y los puestos
militares como las áreas teóricamente bajo control de la Autoridad Nacional
Palestina: protegen y excluyen, unen zonas separadas y separan zonas
contiguas, entretejen un laberinto de ínsulas que mutuamente se repelen
e imantan.
Un complejo sistema circulatorio con ramificaciones capilares muestra
la voluntad del ocupante de fragmentar el territorio en porciones, retazos,
partículas que parecen imbricarse no obstante su ignorancia recíproca.
Cuando alcanzamos al fin el puesto de control israelí, en los antípodas
del infame gueto de Qalandia, ha anochecido.
Tras varios minutos de espera somos autorizados a entrar en Ramala y,
guiados por un automóvil de la policía palestina, llegamos a uno de
los hoteles construidos en la euforia subsiguiente a los Acuerdos de
Oslo.
En él se hallan el poeta Mahmud Darwish y otros representantes del mundo
cultural. Inútil precisar que nuestra delegación y los periodistas que
nos acompañan somos los únicos clientes del lugar.
¿A quién se le ocurriría venir de vacaciones o para negociar a una ciudad
sitiada y maltrecha, que restaña a duras penas sus heridas recientes
y aguarda con aprensión nuevos y más temibles golpes? Cuando amanece
en Ramala -cuya abrupta configuración de colinas y hondonadas evoca
la de Ammán- la calma es idílica.
Sólo al cabo de un rato descubro desde mi ventana los sacos terreros
de un retén israelí a 200 metros escasos del hotel. Para trasladarse
a 1a universidad palestina de Birzeit, estudiantes, profesores y vecinos
de las poblaciones cercanas deben cambiar de vehículo, cruzar 500 metros
de una carretera cortada por los israelíes y apretujarse en alguno de
los taxis y minibuses que aguardan al otro lado.
No se trata de una medida defensiva sino de un castigo colectivo impuesto
a la totalidad de la población. En las pausas entre dos incursiones
militares, el propósito de Sharon es infligir todo tipo de humillaciones
a los palestinos con la esperanza tan ruin como ilusoria de quebrar
su espíritu de resistencia y sofocar su rebeldía.
Este espíritu de resistencia a la injusticia se manifestó de forma clamorosa
en la velada musical y poética del teatro Alcasaba, en el centro de
la ciudad. El público que lo atestaba daba rienda suelta a las emociones
acumuladas durante el penúltimo cerco y ocupación. Las huellas de la
guerra son visibles en todas partes.
En el campo de refugiados de Amira, las consecuencias brutales del asalto
a una escuela y la destrucción de una veintena de viviendas mediante
el procedimiento de dinamitar los tabiques que 1as separan nos ofrecen
una pequeña muestra del espectáculo que nos espera en Gaza. La entrevista
con Yaser Arafat no estaba prevista en el programa y, cuando nos fue
planteada, manifesté con tibieza mi desacuerdo.
Nunca me ha atraído el contacto con los jefes de Estado, pues sé que
el escritor y el político se expresan en niveles distintos y nada de
lo que digan puede interesarme. Pero acaté la opinión de la mayoría
y al tocarme durante la audiencia el turno de la palabra dije que le
visitaba por su condición de palestino cautivo, privado como los demás
de sus derechos y libertad de movimiento. (Mientras redacto esta crónica
contemplo las imágenes del asalto a la residencia en donde nos recibió.
El ensañamiento personal de Sharon le devuelve paradógicamente su autoridad
moral en entredicho. Como en Beirut en 1982, vivo o muerto, saldrá victorioso
de la prueba. Lo que el general no comprende es que Arafat se engrandece
en las derrotas y renace como el Fénix de sus cenizas.)
En el viaje de Ramala a Gaza, el paisaje de los asentamientos, construidos
a menudo sobre las ruinas de aldeas palestinas, evoca de nuevo el tablero
de ajedrez de exclusiones recíprocas entre aquéllos y lo que resta de
las zonas autónomas, al punto de confundir al visitante inexperto tocante
a lo que abarcan y vedan, lo 'interior' y 'exterior'.
El paso fronterizo de Erez, en donde estacionan varios vehículos del
UNRWA (siglas en inglés del Socorro de Naciones Unidas para los Refugiados
Palestinos), es un vasto espacio desierto rodeado de alambradas: los
palestinos que trabajaban en Israel no son autorizados ya a franquear
la frontera, con lo que la situación económica de la Franja de Gaza
se ha deteriorado aún más. Después de una larga espera penetramos en
el territorio misérrimo de la Autoridad Nacional Palestina.
A causa del retraso, vamos directamente, a través de Gaza, hacia los
campos de refugiados de JanYunes y Rafah. La carretera central ha sido
cortada y debemos tomar el camino costero hasta Dair el Balah.
El cercano conjunto de asentamientos de Gush Katif, con su vasta base
militar ceñida de alambradas y cercas electrificadas, abriga no sólo
hangares, cuarteles, depósitos, radares gigantes, torres emisoras, y
un gigantesco parque de bulldozers y vehículos de todo terreno, sino
asimismo complejos turísticos, hoteles y playas reservadas para los
colonos.
En los últimos siete años, dicho asentamiento no ha cesado de extenderse:
el ocupante ha dinamitado numerosas viviendas y arrancado centenares
de árboles frutales. Actualmente los israelíes construyen un puente
por encima de la carretera vedada para enlazar Gush Katif con el asentamiento
de Kfar Darom.
El territorio en el que se hacinan un millón y pico de palestinos se
encoge como una piel de zapa. El número de colonos que ocupa el 40%
de la superficie cultivable de la Franja no llega a a los tres mil.
En el asentamiento de Netzarim residen tan sólo 76 personas.
A nuestra llegada a Jan Yunes el espectáculo es desolador: esqueletos
de viviendas, fachadas acribilladas, un campo de refugiados destruido
por misiles y helicópteros artillados, ruinas trituradas por los bulldozers,
una pared de cemento de una altura superior a la del antiguo muro de
Berlín. Los asentamientos agrandan su perímetro y recortan sin misericordia
el espacio vital de la población.
Pero la situación de Rafah es aún peor: el campo de refugiados contiguo
a la f'rontera egipcia -en la que el Ejército israelí se ha reservado
un pasillo de control a fin de sellar herméticamente la Franja- fue
arrasado en menos de dos horas en el curso de una supuesta operación
antiterrorista que causó docenas de víctimas.
Escribo estas líneas pocos días después del sangriento atentado de Netania
en el que perecieron veinte israelíes que celebraban en un hotel el
comienzo de la Pascua judía.
Hace siete años, cuando redactaba también las crónicas de mi viaje a
Israel y a los territorios ocupados, otro hombre bomba realizó una carnicería
semejante en la misma ciudad e Isaac Rabín, entonces el primer ministro
israelí, declaró que, para acabar con estos ataques suicidas, 'la única
solución [consistía] en una total separación entre Israel y los territorios
[ocupados]'.
Rabín fue asesinado más tarde por un extremista israelí y otro fanático,
responsable entre otras 'hazañas', de las matanzas de Sabra y Chatila,
dirige hoy con mano firme el timón de un rumbo que conduce a Israel
a una guerra sin fin y a la autodestrucción de sus valores morales y
de su propia existencia física.
Como escribí antes, la historia se repite y la venganza ciega de Sharon
contra la nueva carnicería de Netania augura un futuro sombrío. La irrupción
del Ejército en Ramala y el asalto a la residencia presidencial de Arafat
arreciarán todavía la concatenación de odio y de violencia. Sharon no
quiere interlocutores sino ilotas.
Pero ninguna paz, ninguna tregua serán posibles sin un acuerdo que garantice
la vida, el trabajo y la dignidad de los palestinos dentro de un Estado
con las fronteras internacionalmente reconocidas.
De otro modo, como escribió Octavio Paz, hablando de la fatalidad impuesta
a los pueblos a lo largo de la historia, 'en un mundo cerrado y sin
salida, en donde todo es muerte, lo único valioso es la muerte'.
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